¡He aquí el hombre!: Esperanza para un pueblo que camina con Jesús

03/31/26
Karla Cuca Vásquez

Reflexión de Cuaresma

*Semón compartido en Iglesia Menonita Casa Betania, Kansas

Un pueblo que vive entre fronteras

Queridas hermanas y hermanos, querida comunidad latina, es una alegría estar con ustedes hoy. De corazón, comparto un fraternal saludo de paz y bien desde el Seminario Anabautista Latinoamericano, SEMILLA, en Guatemala y de todos nuestros hermanos y hermanas estudiantes de Latinoamérica y el Caribe.

Hoy, hermanas y hermanos, me siento una más de ustedes, porque me han recibido con amor, entusiasmo y una disponibilidad que habla de los lazos profundos que existen entre nuestros países. Es un privilegio compartir esta reflexión con gente a la que admiro por su valentía, resiliencia y bondad.

Muchos de ustedes han cruzado fronteras visibles e invisibles. Fronteras geográficas: dejar el país, la tierra, las montañas, el mar, las calles y los barrios que nos formaron. Fronteras emocionales: despedirse de la familia, de amistades queridas, de historias y legados que siguen latiendo en la memoria. Y también fronteras sociales y legales que nos colocan en esa incertidumbre diaria de vivir con seguridad o con miedo, con estabilidad o con fragilidad.

Vivir aquí, en esta tierra que se nos presenta como “la tierra de la libertad, la tierra de las oportunidades”, siendo latino, es muchas veces habitar un espacio intermedio. Es sentirse fuera de lugar, como si camináramos en un impase entre dos idiomas, entre dos culturas, entre el “ya” y el “todavía no” de los sueños que anhelamos para nuestras familias.

En medio de esta experiencia, quiero invitarles a que nos acerquemos a este pasaje bíblico con una mirada nueva. Porque muchas veces, como si perteneciera a un mundo y un tiempo que ya no existe.

Pero cuando lo contemplamos con atención, descubrimos que Jesús mismo conoció lo que significa vivir entre fronteras.

Antes de llegar a este momento frente a Pilato, Jesús ya había experimentado desplazamientos y vulnerabilidades que muchas familias migrantes conocen bien. Sus padres viajaron a Belén porque la ley así lo exigía, lejos de su hogar, lejos de lo familiar. Y poco después, huyeron a Egipto para resguardar la vida de su hijo, convirtiéndose en una familia refugiada que buscaba seguridad en tierra extranjera. Jesús creció con la memoria de unos padres que hicieron lo que tantas familias latinas han hecho: moverse, cruzar fronteras, empezar de nuevo para proteger a los suyos.

Es importante recordar que como migrantes, podemos vernos reflejados en distintos momentos de la vida de Jesús. Él conoce desde dentro la vulnerabilidad de depender de la hospitalidad de otros, el miedo de quienes deben dejar su tierra, la incertidumbre de quienes viven entre un “aquí” y un “allá”.

Por eso, cuando hoy contemplamos este pasaje —este momento en que el poder decide lavarse las manos— no lo hacemos desde la distancia. Lo hacemos desde nuestra propia historia. Porque Jesús, que también vivió desplazamientos, que también conoció la fragilidad de la vida migrante, llega a este juicio no como un extraño a nuestro sufrimiento, sino como alguien que lo ha vivido en carne y hueso.

El texto de hoy, Juan 19:1–16, nos lleva al patio de Pilato, donde Jesús está siendo juzgado. Es un momento de tensión, de injusticia, de abuso de poder. Pero también es un momento en el que se revela algo muy profundo: la fortaleza de Jesús en medio del sufrimiento, sostenida por la esperanza de la resurrección.

Allí está Jesús, golpeado, desfigurado por la tortura, coronado de espinas, vestido con un manto de burla, expuesto ante la multitud como un espectáculo, pero encarnando una dignidad que el imperio no puede comprender.

Cuando Pilato lo presenta a la multitud diciendo: “¡He aquí el Hombre!”, pretende burlarse de su fragilidad. Lo dice con sarcasmo, como quien muestra a un derrotado. Pero el Evangelio nos invita a escuchar esas palabras de otra manera:
“He aquí el Hombre” —el ser humano verdadero, el que revela el corazón de Dios, el que se solidariza con los que sufren.

Jesús está con los oprimidos y perseguidos. Es golpeado como los pobres, se burlan de él como de los marginados, y es condenado como las víctimas inocentes de la injusticia.

Cuando miramos a Jesús en este texto, podemos reconocer:

Al jornalero que trabaja largas horas en el campo o en la fábrica, sin seguro social, sin derechos, invisibilizado y con miedo a perderlo todo.

A las madres y padres migrantes que cargan solos con sus hijos, que hacen cuentas para que alcance el dinero quincena tras quincena, y que, con mucho esfuerzo mandan remesas a su país.

Al joven latino que se siente extranjero aquí y allá, que a veces no se siente suficiente o cómodo ni en una cultura ni en la otra.

A la persona sin papeles que vive con el corazón en la mano cada vez que ve una patrulla.

Jesús, hermanas y hermanos, no mira ese sufrimiento desde lejos. Él conoce nuestro sufrimiento desde dentro. Él también fue rechazado, malinterpretado, tratado como un peligro, y condenado por un sistema injusto.

Pero, en medio de esta desesperanza viene la buena noticia: Jesús no solo conoce nuestro dolor; sino también lo carga con nosotros, hombro a hombro, lado a lado. Porque nuestro sufrimiento no es invisible para Dios.

La indiferencia: cuando otros se lavan las manos

En la historia, Pilato sabe que Jesús es inocente. Lo dice varias veces. Pero, aun sabiendo la verdad, decide ceder a la presión de la multitud y del sistema. En el evangelio de Mateo se describe cómo se lava las manos, como un símbolo de “yo no tengo la culpa de lo que pase”. Le es indiferente.

Debemos reconocer que la indiferencia no es un vacío; la indiferencia es una decisión que permite que la violencia, el racismo y la exclusión sigan crucificando a los inocentes.

Para nuestra comunidad migrante, la indiferencia se siente:

  • cuando las leyes se hacen sin pensar en nuestras familias,
  • cuando se habla de “inmigración” como problema, pero no se mira su rostro humano,
  • cuando se disfruta de comida barata, pero no se reconoce el trabajo de quienes la producen,
  • cuando se escucha de deportaciones, de la violencia con la que se trata a los vulnerables, pero preferimos cambiar de canal o voltear el rostro para no saber.

Pilato representa a quienes tienen poder, pero prefieren no complicarse la vida. A esos que prefieren “lavarse las manos”. Porque, no es que no sepan qué está pasando, simplemente no quieren involucrarse ni asumir ninguna responsabilidad.

Aquí también hay una verdad dura pero necesaria, la indiferencia de los que están en el poder, de los que tienen poder, duele. Pero la indiferencia de aquellos que han pasado por las mismas circunstancias y ahora se han vuelto indiferentes e incluso opresores, duele aún más.

Sin embargo, quiero asegurarles, que cuando el mundo se lava las manos ante el sufrimiento de los vulnerables, Jesús no se lava las manos. Cuando algunos cristianos prefieren no hablar de justicia, Jesús sigue caminando con los crucificados de la historia.

El Evangelio nos asegura: no estamos solos, no somos olvidados, no somos desechables.

La fortaleza de Jesús: un silencio lleno de esperanza

Hay un detalle, para mi, impresionante en este pasaje: Jesús casi no habla, permanece en silencio, pero es un silencio contundente, digno. Pilato le hace preguntas, lo presiona, lo provoca. Y Jesús responde muy poco.

El silencio de Jesús no es una falta de palabras, sino un rechazo a usar el lenguaje del Imperio. Ese silencio no es cobardía. No es resignación.

Es una forma de decir:

  • No voy a jugar con tus reglas
  • No voy a defenderme en un sistema que ya decidió condenarme.
  • No voy a responder con la violencia con la que fuí tratado
  • Y, lo más importante, mi identidad no depende de tu juicio.

Jesús está firme porque sabe algo que Pilato no sabe: la cruz no será el final. La muerte no tendrá la última palabra. La injusticia no será eterna. La resurrección viene en camino.

Esa esperanza es la fuente de su fortaleza. No es una esperanza ingenua, un “todo va a estar bien” sin ver la realidad. Sino, es una esperanza que mira de frente el dolor y que lo resiste, porque confía en que Dios está obrando más allá de lo que vemos.

Para nuestra comunidad, es vital entender que ese silencio, esa resiliencia, esa fortaleza no significa nunca llorar. La fortaleza no es aguantarlo todo por orgullo. La fortaleza cristiana es seguir caminando, seguir amando, seguir trabajando, seguir creyendo, porque sabemos que Dios no nos abandona y que la resurrección ya empezó a germinar.

Tener esa convicción es ser buenos discípulos, y cuando hablamos de discipulado, la clave está en no ser espectadores, sino defensores de nuestras familias y vecinos, e incluso en ser quienes den el primer paso hacia el perdón y la sanación al perdonar a nuestros opresores, y ser quienes los vean a través de la mirada misericordiosa de Jesús.

Como Seminario Teológico, SEMILLA tiene el privilegio de acompañar y proveer educación a muchas hermanas y hermanos que también viven en un contexto de represión y miedo. Rosa Esteban de Nicaragua es una de ellos. Como muchos de ustedes saben, Nicaragua ha enfrentado una crisis de derechos humanos en los últimos años. Muchos han sido víctimas de persecución, han sido exiliados, e incluso encarcelados. Aun así, Rosa, decide escribir cartas a una de las figuras más poderosas y temidas de su país, hablándole de paz, de perdón, de Shalom.

Rosa dice:

“El mensaje de perdón que Jesús nos da es también para ella. Es posible adoptar una manera diferente de ser discípulo de Jesús. Es posible una teología distinta, y también una iglesia diferente, que viva de otra manera donde los miedos, los mitos y las ansiedades han sido rotos. Ahora siento más compasión por personas que antes creía que no merecían ser perdonadas.”

En ese sentido, Rosa está respondiendo al llamado de ser una defensora, no una espectadora, para transformar su comunidad y confrontar estructuras violentas como agente de reconciliación.

Rosa no tiene el poder. No tiene todas las respuestas. No tiene garantías de éxito. Pero tiene algo que el imperio no puede controlar: la esperanza en el Dios de la resurrección.

Para nuestra comunidad latina, el discipulado también se vive:

  • Cuando una familia decide seguir viniendo a la iglesia, aunque esté cansada.
  • Cuando un padre enseña a sus hijos a no responder al racismo con odio, sino con dignidad.
  • Cuando una madre ora por sus hijos en dos países distintos.
  • Cuando un joven se atreve a soñar con estudiar, servir, liderar, aunque el sistema le diga que no puede.

Ser discípulos de Jesús en este contexto no significa que no tengamos miedo. Significa que, no dejamos que el miedo tenga la última palabra. No seamos solo espectadores de nuestra propia historia. Sino, seamos en Cristo, sembradores de paz, defensores de la vida, y testigos de la esperanza.

¿Qué significa “He aquí el Hombre” para nuestras comunidades en este momento crucial de la historia?

Cuando Pilato dice “¡He aquí el Hombre!”, está mostrando a Jesús como un derrotado. Pero desde la fe, escuchamos esas palabras como una proclamación:
“He aquí el verdadero ser humano, el que revela cómo se ve el amor de Dios en medio del sufrimiento.”

Esto significa al menos tres cosas:

  1. Nuestra dignidad no depende de nuestro estatus social, económico o migratorio. No somos “ilegales” ante Dios, ningún ser humano es ilegal. Para Él somos hijos e hijas amados, creados a su imagen, y Jesús, el Hombre verdadero, se identifica con nosotros.
  2. Nuestro sufrimiento no es invisible. Dios ve las lágrimas que nadie ve. Dios escucha las oraciones que hacemos en voz baja, en la noche, en el trabajo, en el carro. Jesús conoce el peso de la injusticia que experimentamos muchas veces y camina con nosotros, no se aparta de nuestro lado.
  3. Nuestra historia no termina en la cruz. La cruz es real: hay dolor, hay pérdida, hay miedo. Pero la resurrección también es real: hay nuevas oportunidades, nuevas comunidades, nuevas formas de vida. Cada acto de solidaridad, cada abrazo, cada oración, cada gesto de apoyo entre ustedes es una pequeña resurrección.

Conclusión: Habitar entre fronteras con esperanza de resurrección

Entonces, hermanas y hermanos, habitar entre fronteras es resistir la tentación de ser indiferentes, y de no ser fieles a nuestro Dios. Es resistirse a perder nuestra sensibilidad al dolor ajeno. Es resistirse a aferrarnos a nuestro dolor o al odio. Aunque estemos entre el “aquí” y el “allá”, entre el miedo y la confianza, entre la precariedad y la fe, aprendamos de Jesús a confiar en el poder de Dios y no en el poder del imperio, a abrazar la cruz pero con esperanza en la resurrección.

Así que la invitación hoy es esta:

  • No definan su vida solo por el dolor, busquen la paz y el gozo.
  • No definan su identidad solo por lo que el sistema dice de ustedes, recuerden que su verdadera identidad es la de hijos e hijas amadas de Dios.
  • Y mírense a sí mismos y a sus hermanos y hermanas a la luz de Jesús, el Hombre verdadero, el que sufrió, resistió y resucitó.

En Cristo, su historia está sostenida. En Él, su dignidad está asegurada. En Él, su futuro está abierto.

Oración final

Señor Jesús,
Tú conoces el camino del sufrimiento, porque tú mismo fuiste perseguido, golpeado, burlado y condenado injustamente.

Mira hoy a nuestras comunidades. Mira a quienes trabajan duro, a quienes viven con miedo, a quienes extrañan su tierra, a quienes sostienen a sus familias aquí y allá.

Perdónanos cuando hemos creído las mentiras del imperio, cuando hemos pensado que no valemos, cuando hemos sentido que estamos solos.

Danos la fortaleza de tu silencio digno, la valentía de tu resistencia pacífica, y la esperanza firme de tu resurrección.

Que nuestras iglesias sean un lugar de refugio y de dignidad, un espacio donde nadie se sienta invisible, donde tu Shalom se haga carne en abrazos, en apoyo, en solidaridad.

Que, al mirarte a ti, Jesús, podamos escuchar de nuevo:
“¡He aquí el Hombre!”
y reconocer en ti la fuente de nuestra esperanza.

En tu nombre oramos,
Amén.